Diario de las estrellas

Parte II

La humanidad

Día 545

—¿Desde hace mucho estás muerto?
—No lo sé. Los muertos no tenemos memoria.
Hatomi Tsujabasa

La noche: lugar silencioso y libre de rostros sonrientes.
C.H.

El sol aparece por nuestro horizonte. Es la primera vez que he contemplado con tranquilidad un amanecer en este lugar y, por un breve momento, he deseado quedarme en este planeta. Su luz contiene un amarillo pálido que llega a cautivarme porque destapa los recuerdos. Las sombras vuelven a ver la luz. Une femme se promène souvent\ Dans le jardin toute seule. Las largas tardes frente al enorme salón en medio de la sala y ella, con el cabello revuelto y el suéter amarillo que casi siempre llevaba como un uniforme. Y las noches de juegos infantiles y de risas que explotaban en toda las habitaciones hacían de esos días cotidianos realmente especiales ¿Cuándo dejamos de ser niñas? La respuesta es sencilla. Un día, al despertar, descubres la fragilidad de la existencia en medio de un mundo que nos obliga a mirar a la adultez con prometedoras proyecciones y, una vez ahí, saboreamos el chasco de una niñez perdida.
Recuerdo que era feliz como niña cuando no pensaba que era niña, y entonces mis ojos fueron abiertos. Abracé la ilusión banal de querer ser alguien. Cómo deseaba que toda esa agitación interna encuentre una tranquilidad apacible ¿Y quién podría haber pensado que la encontraría fuera de la Tierra?
Todo es tranquilo aquí, tal como deseaba que fuese la Tierra en su momento, pero no sé, hay algo que no logra encajar. La tranquilidad da paso a la tormenta. Esta sensación trae rostros que no deseo ver. Los fantasmas están en uno, nos habitan como si fuésemos un recipiente hasta el determinado momento en que, por una circunstancia o hechos del azar, despiertan para volver a vernos desde los rincones más alejados del pasado, lugar en el que los sepultamos para no verlos más.

*

Las pesadillas ya no están, pero parece que han dejado un enorme agujero que ha terminado por quebrarme. Situación insoportable: esta atmósfera de soledad dentro de mí. Quiero pensar, sin embargo la nostalgia me envenena, me vuelve torpe. No hago otra cosa mas que recordar desde la mañana.

*

Acabo de revisar las probabilidades para una posible colonización individual del planeta; son pocas, pero óptimas. Con un tiempo prudente de aclimatación y la indumentaria adecuada, se podría sobrevivir en este nuevo ecosistema y, así, alcanzar el propósito original de la misión: poblar Sina, aunque solo sea con una persona. Tener un planeta entero para mí, ser su primera y última habitante. No es una idea descabellada.
Lo pienso mucho, aunque un nuevo pensamiento cae sobre mis nuevas decisiones, ¿qué harían ellos sin mí? ¿Cómo podrían sobrevivir sin mis atenciones? Es estúpido todo esto. Pienso en ellos, sé que no debería hacerlo y aún así lo hago. No puedo evitarlo. Mientras Odiseo tenga tripulantes, yo tendré que estar aquí, es mi (maldición) trabajo. Somos los últimos seres humanos de la historia… Bueno, hasta el momento en que el piloto dijo que encontró a una persona.
Cuando lo escuchó, la capitana se petrificó. Mihole se volvió a desmayar y yo trataba de inducirlo al reposo. Le inyecté un suero que acondiciona las neuronas y el sistema nervioso para que solo descanse como cualquier sueño.
La capitana seguía de pie delante de él con el mismo semblante de asombro. No decía nada. Silencio absoluto, pero la conozco; deseaba saber más… como yo.
—¿Cree que sea verdad lo que dice? —le pregunté para alejar el silencio.
—No lo sé. Pudo ser una alucinación por la falta de alimentos y agua; he visto algunos casos.
—Entonces, no cree que…
—Con todo lo que ha sucedido solo voy a creer lo que mis ojos puedan ver. Hasta ese momento, nada es seguro… Por favor, cuando Mihole vuelva en si, avísame de inmediato. Tenemos que preguntarle sobre la palabra encontrada en su cámara.
Su “escudo” estaba activado. La entiendo. ¿Habrá podido dormir? Lo más seguro es que no. Intuyo que lo que menos deseaba era que el piloto dijera eso. Imagino su primer pensamiento. “No, por favor, otra vez no”. Respirar una nueva esperanza y exhalar una nueva desilusión es lo que menos necesitamos.
Por mi parte, he tenido que pasar la noche con Mihole ante cualquier manifestación adversa en su estado. Sus signos vitales son estables, por el momento, pero aún así, tengo que estar alerta.
“¿Vuelvan?”.
Eso decía el mensaje, ¿fue lo que encontró al tratar de descifrar las ondas recibidas desde aquí? “Una persona”… ¿Podría ser posible? Después de tantos días de búsqueda, ¿por qué aparece una en estos momentos? No llego a entender lo que sucede, es como si fuéramos el juego caprichoso de alguien superior y nosotros solo las fichas que se mueven caprichosamente. Primero en Tau Ceti, y ahora en Sina.

*

Me inquieta una pregunta. ¿Qué pasaría si llegamos a encontrar a un grupo de humanos en este planeta? ¿Nos quedaríamos aquí? Creo que la capitana y el piloto tomarían esa decisión. Lo que más necesitan es encontrar personas y recibir información del pasado. En cambio, ¿qué haría yo? En ese punto, la situación cambia. Dejar una Tierra para volver a habitar otra. No. Las humanidad es la misma siempre. En cambio, podría solicitar algo más: despegar sola en Odiseo, viajar hacia lugares desconocidos, sectores inhóspitos del universo donde ningún ojo haya alcanzando una imagen. Visitar otros sistemas solares o, incluso, ¿salir de la Vía Láctea? Sé que estoy desvariando un poco, pero, ¿por qué no? ¿Qué me impide intentarlo si se dan las circunstancias? Me encantaría hacer eso. Luché tanto para acceder a este trabajo. De millones de postulantes fui yo la única seleccionada para el área de enfermería. “Si he de morir, prefiero que sea viajando”, se lo dije a mi pareja de ese tiempo sin pensar que ese viaje sería a través del espacio.
Recuerdo mi bicicleta negra, manejar por la ciudad los domingos y tratar que ningún auto me golpeé. Sentir la velocidad, ser parte de ella, carecer de miedo y sentirme poderosa por unos momentos, sin pensamientos: ser movimiento puro. Viajar, ese siempre fue mi sueño.

*

Está algo aturdido, somnoliento. Me pregunta cuánto tiempo estuvo dormido. Siento que desea gritar, pero el efecto de los medicamentos se lo impiden. Lo veo más delgado y débil. Cogí una silla y me senté a su lado. Le digo que afuera hubo una hermosa mañana. No sé porque lo dije, me sentí tonta después de pronunciarlo.
—Debe tener tantas preguntas en su cabeza —me dice con un tono pausado— desearía poder contestarlas todas… Y pensar que ayer, a esta hora, buscaba desesperadamente un poco de agua.
—Es un idiota. No debió irse de la nave —le dije sin percatarme de lo fuerte que sonaron mis palabras.
Guarda silencio. Comienza a controlar su respiración y su atención la dirige al techo, aunque en realidad, intuyo que recordaba con mayor nitidez alguna imagen del pasado.
—¿Nunca experimentó un miedo tan profundo que la obligara, de manera alarmante, a huir de todo lo que la rodea?
Sí, pero no respondí.
—Correr, solo eso, correr. Tomar una nave y volar lejos de aquel recuerdo que en otro tiempo era vital, y que ahora, es veneno en la mente, hasta tal grado, que deseas que ese recuerdo no hubiese existido nunca.
No entendía nada. Hablaba, pero en ningún momento se dirigió a mí. ¿Me veía o solo pensaba que era un sueño? Divagaba en algún rincón de su mente.
—Mejor será que descanse. La capitana lo necesita lúcido cuánto antes.
Su mirada cambió por completo. Parecía que quería llorar, pero no, solo se mantuvo en actitud contemplativa por un largo rato.
—Abajo, yo estuve abajo. Mucho frío. Sombras. El silencio que anula cualquier pensamiento. El miedo de no despertar. La angustia de no dormir.
Me levanté. No podía permitir que llegué a un punto crítico de desvarío, lo que agravaría su situación.
—Mihole, tranquilo. Lo único que va a conseguir es acelerar su ritmo cardíaco.
Le di una dosis menor a la anterior para que descienda su adrenalina. Los efectos tardarían unos minutos. Se mantuvo estable, ya no temblaba. Pensé que dormiría, pero seguía consciente observando el techo de la sala de enfermería.
Se supone que debía avisar a la capitana sobre el estado del piloto, pero no lo hice; desconozco el por qué.
—¿Extraña mucho la Tierra?
—Un poco— mentí.
—Recuerdo claramente la situación en la que nos encontrábamos. Las innumerables promesas del gobierno central y las terribles noticias que nos llegaban del otro lado del mundo. La severidad del gobierno al castigar cualquier chispa extraña de desorden. Las pocas células que aparecían con ideas del sur… como los del Lazo azul y su lucha “independentista” o la idea abominable de volver a comer carne animal… Ahora, como cuándo estaba abajo, no puedo olvidarlo. ¿Recuerda la frase de la Primera Orden?
—“Igualdad para todos”.
—Muy buena frase, ¿no?
—Es una frase estúpida.
Mihole me contempló como si esperara que fundamente mi observación. Me comenzó a poner nerviosa. Demonios, ¿por qué volví a hablar?
—Es muy inocente pensar que todos vamos a ser tratados con igualdad, ¿no cree? Uno siempre va a salvaguardar a los que aprecia, y a los otros, los tratará sin tantos o ningún beneficio. Por ejemplo, cuando cayó el norte de Egipto en el 29’, las organizaciones del centro y sur se unieron para evitar un golpe de estado con la promesa de recuperar el territorio perdido. “Egipto es solo para los egipcios y egipcias”. Cuando recuperaron el poder en el norte, lo primero que hizo el gobierno fue entablar un tratado con el imperio jihadista para introducir, casi en el acto, el Islam como religión oficial de Egipto. Lo que se demostró años después, es que los jihadistas apoyaron al gobierno para poder apagar esa revuelta y, luego, controlar el resto del país. La igualdad es imposible dentro de una naturaleza tan segregacionista y parcial como la nuestra.
El piloto me veía como si deseara que continuara mi verborrea. Por momentos, pude ver en esa agotada mirada una chispa apremiante de curiosidad. Para su mala suerte, lo desilusioné.
—Sabe mucho para ser tan joven, ¿cuántos años tiene? ¿28 o 29?
—¿Realmente importa?
—En cierto punto, sí. Su ejemplo de Egipto es muy bueno. Ayuda en su argumento. No solo tiene un amplio conocimiento sino que sabe como administrarlo. Lástima que no pueda ver más allá.
—¿A qué se refiere?
—¿Por qué cree que se formó la Primera Orden? O mejor dicho, ¿por qué cree que todos la aceptamos?
—La Primera Orden fue una imposición de los líderes del planeta para poder controlar con mayor mano de hierro a los ciudadanos. No hubo un referéndum, a nadie se le consultó. Se instauró una dictadura en todo el hemisferio norte del planeta. Solo algunos países del hemisferio sur lograron cierta independencia, hasta que, la Primera Orden buscó paulatinamente engullirlas. ¿No te parece curioso que los líderes llamaran a esos estados no anexados como los “otros”? A mi me parece perturbador, nauseabundo toda esa parafernalia política. La palabra no encierra un racismo radical como el que se estaba acostumbrado, pero si una diferencia radical. Un nuevo tipo de racismo, uno envuelto en una aparente compasión; ¿sabe? No éramos mejores que ellos, pero éramos distintos porque pertenecíamos a la Primera Orden y ellos no. Fuimos distintos porque teníamos un “mejor” gobierno y organización. Éramos catalogados como “buenos” ciudadanos para así obtener beneficios. Los “otros” no eran inferiores, decir eso sería abominable, solo eran desafortunados, por eso debían de pertenecer a la Primera Orden.
—No hay duda, tienes un juicio admirable para argumentar, pero estás equivocada.
—Si quieres creer que la Primera Orden tuvo un gobierno justo y pacífico como tanto peroraba la propaganda, pues es tu problema. No te dije todo eso para que cambies de opinión.
—Y yo no te diré esto para que cambies la tuya… ¿Recuerdas la historia de Roma en su proceso de República a Imperio? Seguro que sí.
Asentí. Estaba más lúcido que nunca, su mirada volvía a cambiar, ahora mostraba una insaciable determinación. Se acomodó sobre la cama para sentarse con tranquilidad. No sabía a que punto quería llegar.
—Una vez derrotado Pompeyo y al ser el único cónsul con vida, Julio César se autodeclaró dictador de la República. Su gobierno era prácticamente una monarquía, pero conservó los magisterios republicanos siendo él el único representante de todos. Para mantener ese poder, no solo tenía que tener el favor de los patricios, que de por si le temían, sino que, impulso muchos beneficios para la plebe y, así, los ciudadanos no protestarían ante cualquier movimiento político contra la república si el gobernante los alimentaba y protegía. Con tanto poder, hizo algo que determinó la estabilidad de los ciudadanos: los hizo sentir seguros.
—¿Y eso qué tiene que ver con la Primera Orden?
—Cuando leía en mi tiempo libre libros de historia. Me enteré de incontables epopeyas de repúblicas, imperios y monarquías que llegaban a un auge esplendoroso y que, posteriormente, sucumbían al ocaso de una larga vida. Todos, comienzos y circunstancias muy diferentes entre sí, conflictos desencadenados que se podría decir que no tenían nada en común, concordaban en un hecho especial entre todo ese mosaico de historias, un patrón particular que se repetía constantemente a los largo de los tiempos: las personas, por sobre todas las circunstancias, tienden a sobrevalorar la protección del gobierno de turno. Puedes matarlos de hambre, equivocarte en alguna decisión, ser corrupto, pero si los ciudadanos no se sienten protegidos tanto por enemigos externos como internos, no aceptarán a su “dictador” de turno. Pasó en Roma con Julio César, en Francia con Napoleón, en Alemania con Hitler, en la URSS con Stalin, en Perú con Fujimori, y en casi todo el mundo con la instauración de la Primera Orden…
Debo reconocer que no había visto los hechos desde esa perspectiva. Mis ideas estaban congeladas. Quería replicar, pero carecía de armas verbales. Solo tenía una opción: seguir escuchando.
—Mis padres nos contaron a mi hermana y a mí lo que pasó en esos años, lo que pasó en realidad. Estábamos al borde de una explosión nihilista a escala global. La noticia que la atmósfera estaba en una situación crítica tenía solo un par de meses y los pronósticos económicos solo anunciaban crisis incalculables. Los que tenían sostenibilidad financiera sufrirían y los que tenían poco pasarían hambre; profecías que a ninguno de los dos sectores les convenía y, en los momentos previos a caer en el abismo, apareció la Primera Orden instaurada por la mayoría de los gobiernos mundiales. Ese mismo día, se declaró ley marcial en los estados declarados. Desde ese día, los castigos se volvieron noticia diaria en los periódicos. “Aquel que va en contra del estado es enemigo del estado”, era uno de los lemas que se dejaba escuchar en calles. La violencia y las condenas no fueron silenciadas, nada se ocultaba, al contrario, el gobierno solicitaba a la población que ayude en su difusión de cualquier acto cometido por la ley. Se tenía que evitar una nueva caída, como en Francia. Se proclamó una nueva constitución, cuyo primer artículo decía: “El orden debe descender sobre los ciudadanos como el filo de una espada sobre un cuello descubierto”¹. Las reformas de represión fueron aumentando, y para sorpresa de los demócratas, las nuevas leyes, con todo y sus férreos castigos, comenzaron a tener beneficios prácticos: los crímenes descendieron, la estructura socioeconómica se estabilizó, se impulsó el consumo de vegetales para dejar atrás esa carnicería despiadada contra los animales, la pobreza descendía más con cada año.
En este punto, quería que se callara. Sus palabras me incomodaban por el sentido práctico que les daba. La prohibición de comer carne, lo recuerdo bien. El padre de mi padre contaba en las reuniones que nada era comparable al sabor de la carne y maldecía al gobierno por todos esos cambios. El monopolio de la carne en el mundo fue tomado por el de los vegetales y productos veganos. Ser vegetariano era normal en nuestra sociedad. Solo los del sur comían carne.
—Los demás países, al ver que el orden absoluto tenía efecto, solicitaron adherirse a la confederación. Poco a poco, todo el hemisferio norte del planeta pasó a ser territorio de la Primera Orden ¿Cuál fue su secreto? El mismo que el de Roma, Francia, Alemania y los demás, brindar una efectiva seguridad tanto interna como externa. En los otros países (demócratas, anarquistas, socialistas, teocráticas, etc), proclamaban que existía dentro de la confederación una dictadura cruel que incitaba la practica de crímenes contra la humanidad y destruía el concepto de libertad para todos sus habitantes; estaban completamente equivocados. Nosotros, me dijo mi padre, aceptamos la opresión y la fuerza de la Primera Orden por la seguridad que nos prometía. Si no se hubiera instaurado la dictadura, lo más seguro es que hubiésemos vendido la casa y errado por todo el continente o, peor aún, alguien nos hubiera arrebatado a la fuerza y quizás nos hubieran asesinado a todos. Si obedecemos la constitución estaremos tranquilos. No hay peligro que alguien nos haga daño por terror de entrar al interior de los muros. Y nadie quiere entrar a los muros a modo de castigo. Si respetábamos el orden, podíamos caminar tranquilos por las calles gracias a la Primera Orden.
Hay momentos en los que uno se siente minimizado por la más simple muestra de superioridad de cualquier índole. Un improvisado debate de posiciones finalizaba con un incómodo silencio. Es un estado natural del hombre sentirse pequeño ante otro.
Para ese momento, estaba sin palabras, no sabía que mierda decir. Una salida fácil hubiera sido irme, pero seguía ahí, atravesada por su mirada determinante.
—Y con referencia a los “otros”, debo decir que tiene razón. La mayoría les decíamos así con una naturalidad aterradora. No había pensado sobre el racismo al pronunciarla, al contrario, como tú dices, sentía pena por ellos por seguir viviendo en un mundo caótico. Respóndeme, ¿hay algo más salvaje que vivir entre guerras una y otra y otra vez como en el hemisferio sur? La guerra es el estado natural del hombre, entonces se puede decir que nosotros éramos el nuevo estado antinatural del hombre.
—Esa es la semilla de la Primera Orden, hacernos creer que somos mejores por el simple hecho de estar dentro de la confederación. No puede ver que…
—¡Sí! Todos en la Primera Orden éramos racistas, pero necesitábamos serlo para continuar existiendo en un mundo que comenzaba a desmoronarse para nosotros. “El hombre antiguo habita el sur, viviendo entre la sangre que cubre las tierras por las guerras que sus propios habitantes incitan. Nada hay más natural para ese hombre que la guerra, pero nosotros somos diferentes, somos el nuevo hombre que habita cerca al sol, cerca a la ciencia y el orden. El castigo hace que un hombre sea esclavo, pero a la vez, le otorga libertad a muchos otros al protegerlos de ese hombre con ideas sureñas”².
—Como odiaba ese fragmento. Nos obligaban a decirlo en la universidad como un himno todas las mañanas.
—Éramos ovejas, protegidas de cualquier peligro que pueda suceder antes de que los síntomas del fin comiencen a aparecer. Aceptamos el chigaliovismo con placer. Muchos decían que nuestra libertad fue arrebatada el día que se instauró la Primera Orden. No, al contrario, cada día nosotros éramos libres. Nosotros aceptamos la dictadura, escogimos perder la libertad para poder sentirnos seguros en el umbral de la oscuridad. Y eso, para mí, es la mayor muestra de libertad de todas. Abrazar la igualdad absoluta en la esclavitud que nos ofreció la Primera Orden al poder salvarnos de la peor bestia que habitaba ese planeta: el antiguo hombre.
Mihole giró su cabeza, su mirada nuevamente había cambiado. La determinación dejó espacio para un leve cansancio. Miré hacía atrás y estaba ella, la capitana, observándonos desde quién sabe qué momento.
Me resultó extraño que no se haya presentado. Estaba quieta, como la noche anterior que Mihole pronunció la frase. Se acercó lentamente hacia nosotros; parecía molesta. En ningún momento se dirigió a mí. Toda su atención era dirigida al piloto y en aquello que tenía que decir.
—Mihole —decía la capitana— cuando llegó ayer pronunció una frase que…
—Sé muy bien lo que dije.
—Bien, eso hace más simple las cosas. Dígame, ¿es verdad?
En ningún momento le quitaba la mirada, estaban como encadenados uno al otro en ese instante. La respuesta del piloto definiría todo.
—Sí.
La capitana exhaló. Su cuerpo dejaba de estar rígido.
—Carla, ¿en cuánto tiempo Mihole estará apto para descender a Sina?
—A más tardar, en dos días capitana. Sus signos…
Ella volteó a verme para confirmar lo dicho. Tenía una mirada cruda, impaciente y amenazante.
—Si es que no hay una recaída…
La capitana asintió. ¿Qué sensaciones escondía su mirada, cuántos miedos y esperanzas se hallaban dentro de ella?
—Una cosa más. Hace unos días ingresamos a su cámara. Encontramos una frase escrita con su dedo sobre la pantalla de su …
—“¿Vuelvan?”.
Era como si la capitana quisiera ir directo a lo que le importaba, dejando atrás sutilezas y protocolos que en ese momento le estorbaban.
—¿Qué significan? Se lo ordeno Mihole.
Mihole guardó silencio. Podía darme cuenta como la inyección comenzaba a tener efecto. La capitana no dejaba de observarlo.
—Es la única palabra que pude intuir.
—No lo entiendo.
—Cada día mi investigación era decepcionante. No podía encontrar nada. Iba a dejarlo cuando se me ocurrió… intentar descubrirlo con el Manual Alfabético de Ondas Jenkins³. En ese tiempo era muy conocido pero no oficial. Intenté decodificar el mensaje con el Manual… para ver si podía encontrar algo y… solo pude hallar una concordancia vaga, una similitud sutil con el español que conocíamos en ese entonces: guelvap. Estuve dándole vueltas por varias horas para hallar una solución y lo único que pude deducir de ese nuevo vocablo era “vuelvan”. No tengo nada más que comunicar
—¡¿Y por qué no nos notificó?!
—¡Por qué no es seguro! Solo es una deducción por el momento. No quería ilusionarlas por algo así. Tenemos que… estar seguros de… cualquier paso que hagamos de ahora… en adelante.
La capitana mostraba molestia, una que nunca había visto. Sus puños, la presión de sus mandíbulas, la tensión de su cuerpo; estaba envuelta en una ira que no podía disimular.
—Descansen muy bien, Mihole y Carla.
La capitana abandonó la sala. Mihole ya no era el mismo, nuestra conversación se había roto. Sus ojos se cerraban. Se recostó sobre la cama.
—Esa persona que encontré —decía Mihole— me miró por mucho tiempo… y por lo que veo… la humanidad no ha cambiado mucho…
Se durmió.
Salí de la enfermería y fui a mi cámara. Nunca había sentido el pasaje de Odiseo tan largo, con las maquinas funcionando con normalidad pero soltando un sonido que en ese momento sentía insoportable. Solo quería estar en mi habitación y descansar. En eso, poco antes de llegar a mi cámara, la capitana me interceptó. Su rostro no había cambiado.
—Carla, espero que no vuelva a desobedecer una orden mía.
—Discúlpeme capitana, me olvidé de avisarle…
—¡Que no se vuelva a repetir! Nada debe interferir en nuestra misión y mucho menos la ineptitud. No quiero volver a repetírselo.
Nunca la había visto tan molesta conmigo. Lo admito, me dolió, aún me duele. Se fue a su cámara. Tengo cierto temor que posea el síndrome del capitán Ahab⁴. El sonido que dejó su puerta al cerrar fue abrumador. ¿En qué momento nuestras miradas cambiaron? Es como si el miedo nos hiciera hablar. La capitana, el piloto, yo, nos sumergimos nuevamente en la noche más oscura y, esta vez, parece que nada podrá hacernos despertar.
¿Qué habita en las entrañas de este planeta?
¿Qué hay detrás de todo esto?
¿Por qué vuelvo a sentir miedo?

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¹ Proclamada por los 25 primeros países de la Confederación el 29 de abril del 2027, la Constitución fue publicada y, por orden del los líderes, de lectura obligatoria tanto en los colegios como en los centros laborales. Tener un amplio conocimiento de sus artículos y, sobre todo, ponerlos en práctica, elevaba la posición del ciudadano dentro de la sociedad.
² Escrita en el 2030 por el filósofo alemán Glen Kruger y la austríaca Helen Bhumhem, los Tratados de la identidad maldiana, fue la búsqueda y logro de la Confederación por introducir la ideología dentro de la cultura. La Primera Orden no pensó en prohibir la cultura, al contrario, lo que hizo fue injertar la cultura dentro de su ideología.
³ Esta obra fue publicada en el invierno del 2041 por Alfred B. Jenkins, en un trabajo de 15 años por decodificar las ondas irradiadas por el nuevo sistema tecnológico para comprender con facilidad los mensajes. El libro ilustraba de forma didáctica el manejo y la alfabetización de las ondas.
⁴ Introducida en el diccionario de enfermedades psicológicas compendiada en el 2045, el síndrome de Ahab está basado en el vehemente capitán de la novela de Herman Melville, Moby Dick, descrita como una patología en la que el enfermo es diagnosticado con una inestabilidad emocional y con meta clara en un punto del cual nadie puede alejarlo. Las estadísticas lanzaban que 89 de cada 100 pacientes se suicidaban por los altos niveles de tensión y estrés a los que eran sometidos.

El sabueso y Herbert West, reanimador de H. P. Lovecraft

Lovecraft es generalmente conocido por la galería de Dioses antiguos que emergen de la mayoría de sus relatos y que forman su propia cosmogonía. Pero, olvidamos un aspecto fundamental que logra que los personajes principales de sus cuentos, tanto humanos como deidades, alcancen un dinamismo narrativo que nos obliga a no despegarnos y estar siempre a la expectativa en su lectura. Los monstruos y deidades atraen, sin embargo, no son suficientes. El valor literario de Lovecraft radica, especialmente, en la sensación de acoso de lo que no se puede ver, de lo desconocido. Un camino lento y angustiante que termina , principalmente, en la locura o la muerte.
Desde El color que cayó del cielo hasta La llamada de Cthulhu, la atmósfera es muy parecida: las muertes o desapariciones que inauguran los relatos, la percepción de acoso, lo que se mueve en las sombras, lo que se escucha a lo lejos. Estos atributos están tanto en los relatos “mayores” como lo “menores”.

Herbert West, reanimador (1922) y El sabueso (1922)
Ambos cuentos, escritos en el mismo año, engloban en cierta manera los efectos y consecuencias a los que alcanza el estilo de Lovecraft. Por eso, es imposible no señalar su grandes similitudes.
Un comienzo clásico, como si fuera la firma del autor. Se nos presenta en los relatos a un narrador personaje que comienza por contar el desenlace de la historia (Dagon), algunos padecimientos o miedos (El horror de Dunwich) y, a partir de ese punto, la historia se desarrolla teniendo como punto referencial el destino al cual avanzamos.
Al leer El sabueso y Herbert West, reanimador, nos encontramos ante hechos claros. Los protagonistas (Herbert West y su amigo, y los saqueadores de tumbas) despiertan a sus propios acechadores. Herbert revive a los muertos que terminan despedazándolo y los saqueadores a un bestia al irrumpir en una tumba antigua y llevarse un amuleto.
Ante estos primeros indicios, podemos concluir un hecho. Dentro del universo de Lovecraft, lo desconocido no llega a nosotros de manera aleatoria o premeditada, somos nosotros los que “cruzamos” la línea que nos separan y los traemos a nuestra región. No actúan por maldad, lo hacen por necesidad o para restablecer un orden. La bestia que desea que el amuleto vuelva a la tumba de la que fue arrancado, y el reanimador que otorga vida a los muertos, y los muertos que otorgan la muerte a su creador (equivalencia de intercambio).
Otros patrones que reconocemos son: el narrador que relata la muerte de su compañero, el ambiente de paranoia que vemos ascender con el pasar de las páginas y las imágenes terroríficas como ingrediente principal para catalogar a sus cuentos.
A pesar de esas similitudes, hay momentos en que los relatos se separan —para bien—, por ejemplo, en Herbert West, reanimador podemos conocer y entender mucho más a los personajes a un grado tridimensional.
Herbert posee una convicción inmutable. Su idea de que el cuerpo solo es un organismo mecánico lo impulsa a creer que es posible reanimarlos. Para ello, tiene como ayudante a su amigo (narrador). Vemos lentamente el proceso psicológico de ambos. Para Herbert, su idea se fortalece y lo llevan incluso a realizar actos que serían recriminados por la sociedad. En cambio, para su amigo, apreciamos como la duda de todas sus acciones lo hacen reflexionar (de joven no dudó en robar cadáveres, pero en la última parte del relato rechaza esos “procedimientos espantosos y abominables”.
El final del camino no sitúa ante dos puertas en que los narradores decidirán cuál escoger: la locura o el suicidio. En El sabueso, leemos imágenes poéticas arrancadas de la más crueles pesadillas, cicatrices que acompañarán al narrador y que lo obligarán a pensar que el único refugio que tiene ante lo desconocido es la muerte. En Herbert West, reanimador estamos ante un elección por la locura (Maximiliano Rubín en Fortunata y Jacinta) que sirve como un refugio tangible para soportar las huellas de lo que pasó.
Los dos cuentos “menores” son un pedazo de lo que podemos encontrar en el universo de Lovecraft. Se puede criticar el mismo método en todos sus cuentos y no sería una deducción errónea, sobre todo sí se lee su obra completa. Pero, son océanos en las que muchos podrían animarse a navegar, encontrando tormentas furiosas o mareas pacíficas.

The promised neverland

La lucha por la libertad es uno de los ingredientes, como en otros tantos animes, que desarrollan el argumento de esta historia. La diferencia es que lo hace con mucha originalidad y un desenvolvimiento tan vertiginoso que es difícil no acabarse los doce capítulos en un solo día.
The promised neverland nos introduce en un mundo distópico que poco a poco se nos vuelve familiar. Tanto para los 38 niños, como los espectadores, el mundo es el orfanato y el orfanato es el mundo. Las leyes que lo rigen se nos presentan inquebrantables:

  • Todos tienen un código numérico tatuado en el cuello.
  • Todos tienen que superar pruebas exigentes para alcanzar un mayor puntaje.
  • Todos no deben acercarse a la entrada que comunica al exterior y la verja que delimita el bosque.
  • Todos en algún momento se van del orfanato, y especialmente cuando se cumple 12 años.
  • Todos están cuidados por una mujer a la que llaman “Mamá”(Isabella)

Todas estas reglas se nos presentan de una forma natural desde el primer capítulo a través de los personajes principales: Emma (63 194), Norman (22 194) y Ray (81 194), los tres con 11 años. Ellos nos guían a conocer este nuevo mundo, o bueno, nos muestran solo lo que ellos saben.
Hasta ese momento nos hallamos ante una sociedad perfectamente construida. Contemplamos un día más de los niños, como cualquier otro. Una noche, Mamá se lleva a una de las niñas. Los niños están felices y tristes. Será adoptada, pero nunca más la volverán a ver. Se despiden. Emma y Norman descubren que la pequeña se olvidó su peluche del que nunca se separaba. Con muchas dudas van al encuentro de ellas hasta la salida al exterior. Allí descubren la verdad del orfanato (de su mundo) y el final que tienen todos los niños que son seleccionados para abandonar el orfanato. A partir de ese momento, la historia va en ascenso con una fluidez impactante.
Con el conocimiento de la verdad, tanto Emma y Norman, y posteriormente Ray, harán todo lo posible para que ninguno de sus “hermanos” tenga el mismo final que los anteriores niños. Para eso, tendrán que darle la espalda a todo lo que habían llamado hogar y observar más allá de los muros del orfanato para alcanzar la libertad de ese destino que alguien más dictó sobre ellos. Pero tendrán un duro enemigo en su camino a la salvación: la mujer a la que tan cariñosamente llamaron Mamá.
Intrigas, luchas psicológicas, traiciones y fraternidad son algunos de los elementos que podemos encontrar en The promised neverland. Un aspecto que se percibe desde el comienzo es que todos los niños visten con ropa blanca de pies a cabeza (inmaculados) ningún otro color está en ellos. Mamá, en cambio, viste un traje de ama de llaves de época de color negro —en mayor medida— y blanco. Los colores nos muestran la galería de personajes en este anime.
El triunvirato que Emma, Norman y Ray se vuelve dinámico con el pasar de los capítulos, con revelaciones mayores a las anteriores que nos inquietan y sorprenden. Su interacción guarda una armonía con la que es difícil no sentirse a gusto (como también sucede con Shinji, Asuka y Rei en Neon genesis evangelion).
Con todo eso, el mejor personaje que encontramos en The promised neverland es Mamá (Isabella) que sintetiza muchas características con quien nos podemos identificar. Al comienzo nos provoca ternura por su comportamiento con los niños, después, miedo por su capacidad psicológica y física para superar a los tres niños y, al final, podemos entender sus motivaciones, mostrándose como un personaje real y crudo.
The promised neverland es la lucha descarnada por sobrevivir y hacer lo que sea por alcanzar el propósito, la fuerza para soportar el sufrimiento. Y sobre todo, aceptar las consecuencias de lo que nos dejará la lucha por alcanzar la libertad.

Triángulo cromático (2014-2019)

Ayato Elohim

Para descargar la obra, puedes hacer clic aquí:

AYATO CUENTOS 2014-2019

Licencia Creative Commons
Triángulo cromático por Elohim Chirinos se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.
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Joker y Batman: Manifestaciones de la locura en The killing joke de Alan Moore

En 1988, Alan Moore bombardeó las tiendas de cómics presentándonos, en un solo número, una de las historias sobre Batman más atrapantes, ingeniosas y valoradas hasta la fecha. Hasta ese momento, Moore tiene algo claro —que se ve reflejado en muchos de sus cómics anteriores—: destruir el concepto convencional del héroe y del mundo que lo rodea.
A simple vista, The killing joke es una historia que nos sitúa, sin ningún filtro, en el ojo de un huracán de cualquier ciudad violenta del mundo. Nos sumerge en la cotidianeidad de la ciudad. He ahí la diferencia con Metrópolis, hogar de Superman, donde los claros protagonistas son los rascacielos. En su lugar, Gotham nos muestra —a pesar de ser tan pomposa como Metrópolis — la superficie, las calles y los conflictos que se arrastran en ellas. Mientras lo que mueve a Metrópolis son los rascacielos (el dinero, el poder político) en Gotham es el hombre de a pie (vandalismo, asesinatos, violaciones).
Moore pone la escenografía para una ciudad violenta y desquiciada, y así, vuelve universal a una ciudad ficticia porque la encarna de un crudo realismo que podemos ver reflejado en cualquier ciudad como New York, Tokio, Tijuana o Lima. Todas terminarían siendo Gotham.
Ahora bien, lo que hace distinto a este cómic de Moore es que detrás de los artificios comúnmente utilizados por los narradores gráficos sobre Batman (la exhaustiva lucha por capturar al villano) hay una idea central que trasciende el argumento tradicional: El quiebre del “eterno retorno”.
Cabe decir que lo importante en la historia no es que el Joker haya escapado del asilo Arkham, tampoco que haya disparado a Bárbara Gordon a quemarropa para luego —presumiblemente — violarla y mucho menos enseñarle a su padre las fotos de aquel acto mientras lo torturaba. No. Moore le arrebata la violencia descarrilada e irracional de otros números (matar por el simple hecho de matar) y le otorga un sentido a sus acciones: él quiere demostrar algo.

El Joker: la locura como parodia
Uno de los aspectos interesantes de este Joker, a parte de que la historia de su —posible— pasado esté narrado en matices grises, es que nos muestra en su origen a un hombre derrotado por el peso de sus responsabilidades (esposa, un hijo en camino, deudas).
Aquí, Moore busca algo revolucionario, que el lector sienta pena, por ende, empatice con personaje. Porque, como sabemos, no hay nada más universal, en nuestro tiempo, que el fracaso.
Después de tener un mal día (muerte de su esposa e hijo en un incendio) ya no tiene nada que perder. Acepta ser partícipe de un asalto y tiene su primer encuentro contra Batman. En medio del conflicto, el Joker cae a un estanque de sustancias químicas y es llevado por las tuberías a las afueras de la ciudad (metáfora de las convenciones sociales). Al emerger, se da cuenta de que ya perdió todo lo que tenía. No hay nada que lo ate a la sociedad en ese grado último de la angustia. Se ve a sí mismo como un chiste de la sociedad: “¡Esto es el hombre moderno!”. Su risa es la encarnación tragicómica de su idea: la vida es una broma.
En este aspecto, es interesante encontrar una similitud con Maximiliano Rubín en Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdos. Los dos muestran las mismas manifestaciones psíquicas en su origen (malestar y baja autoestima), y se produce el quiebre cuando la amada muere. La cúspide de estás dos similitudes es que ambos se sienten extraños después de sus tragedias. Tanto el Joker como Maximiliano Rubín abandonan la ciudad y eligen el manicomio. Los dos escogen la razón de la sinrazón¹.
Volviendo al Joker de Alan Moore, “estar loco” sería abandonar racionalmente las convenciones sociales y parodiarlas. El personaje decide ser el Joker al ver a la humanidad reflejada en ese charco de lodo antes de su transformación. Es curioso que The Comedian de The Wachtmen (cómic del mismo autor) muestre una elección similar.

Batman: la locura como sacrificio
Aunque aparece tantas veces como su antagonista, Batman apenas interviene en los diálogos. A pesar de eso, su objetivo es claro: salvar a sus padres encarnados en las víctimas que lo requieren cada noche. Él busca algo que jamás podrá conseguir. Nótese el eterno retorno en el que está introducido Bruce Wayne, también por propia elección. ¿Acaso no sería más saludable que use su dinero e influencias para ayudar a la comunidad? Bruce manifiesta una enorme pulsión por sacrificarse y a la vez un odio desmedido para sí mismo por no haber podido salvar a sus padres.
Vemos que Bruce Wayne necesita esa lucha, necesita a Batman para poder ser él mismo. Entonces crea un símbolo para las multitudes (Batman) y, a la vez, disocia a su yo de la parte oscura de su ser. Proyecta una imagen para ocultar a su yo real, como el alter ego que exponemos en las redes sociales.
Para Batman, la “locura” sería estar por encima de las convenciones sociales y, con mucha coincidencia, él siempre espera ser llamado en las azoteas de los edificios, estando, literalmente, sobre la ciudad.
Pero, en el comienzo del cómic, Moore nos muestra a un Batman que desea salir. No quiere ser partícipe de ese eterno retorno (escapar-atrapar-escapar). A pesar de las atrocidades del Joker, Batman quiere ayudarlo y, así, ayudarse. La línea tradicional se vuelve a romper.

La risa reveladora
En las últimas páginas del cómic, después de una violenta lucha, Batman propone su solución al eterno retorno: ofrece al Joker su ayuda y lo invita a salir de aquella dicotomía en que están atrapadas sus vidas. Y llegamos al clímax de la escena. Joker se niega y cuenta un chiste: había dos tipos en un manicomio que deciden escapar; suben a la azotea, contemplan la enorme ciudad y el vacío que los separa de los otros edificios. Uno de los tipos salta al otro techo. El otro no lo hace, tiene miedo. El que saltó le dice: “¡Llevo mi linterna! Iluminaré el camino para que pases sobre el haz de luz”. El otro responde: “No, ¿crees que estoy loco? La apagarás cuando aún no hubiese llegado”. Tanto Batman como Joker ríen de forma desmedida, como dos buenos amigos.
El chiste del Joker es una analogía del momento de “lucidez” de Batman. La eterna rivalidad sin fin de sus desencuentros, el manicomio. Volver a las convenciones sociales, la ciudad. Batman vendría a ser el tipo que saltó e invita a su compañero a escapar. El Joker es el que tiene miedo de salir del manicomio. Y el intento de ayuda por parte de Batman, que es el puente de luz, es caricaturizado por el mismo Joker al plasmar lo absurdo de sus intenciones. Entonces descubren que, aunque hay una oposición aparente entre ellos, son tan parecidos el uno al otro. Dos caras de la misma moneda. No hay nada más cuerdo para el Joker que quedarse en el manicomio, y Batman lo entiende, por eso los dos ríen. Su risa es la epifanía de sus existencias.
El Joker y Batman de Alan Moore son universales, porque reflejan gran parte del comportamiento humano: excesos y represión. Pero no se queda ahí, sino que nos muestra las similitudes casi aterradoras que pueden existir entre dos personas que a simple vista nos parecerían opuestas (p. e. socialista y capitalista, teísta y ateo, pagano y cristiano).
No hay diferencia entre el Joker y Batman de Alan Moore, así como —quizás — este escritor y la persona que está leyendo este ensayo en este preciso momento. Todos somos, aterradoramente, iguales.

Autor: Elohim Chirinos

***

¹Saz-Parkinson, Carlos Roberto. “¿Más allá de lo enfermo y lo sano? El caso de Maxi en Fortunata y Jacinta”. Recuperado de

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Diario de las estrellas

Parte II

La humanidad

Día 544

Equivalent de principle commutationem

Caminar, solo eso, caminar. El mundo que lo rodeaba se movía sin dirigir la mirada hacia él. La mañana abría sus dientes para recibirlo; se sentía succionado por aquella corriente de rostros que pasaban y desaparecían. Los edificios, los autos, las personas; todo era el otro. Su imagen deformada. Sí, la indiferencia de los otros reconstruía su reflejo.
Luz roja.
Se detuvo a mitad de una avenida bulliciosa. Pensaba en sus memorias y buscaba entre el laberinto de sus recuerdos el origen, aquello que hizo antes de llegar a este lugar. Miedo. Parpadeó y estaba allí. ¿Había despertado hace poco e iba al mismo lugar que las demás personas que seguían ignorándolo? Nada, solo una nebulosa de ecos que atravesaba sus sentidos y lo arrebataba de lo que tanto quería hacer. Recordar.

(Un rostro

Una sonrisa muerta)

¿Qué eran aquellas sombras que se asomaban en su cabeza?
Luz verde.
La inquietud se disipó. Caminar, otra vez, caminar. Ahora no tenía miedo, pero se hallaba perdido en este nuevo mundo lleno de una cotidianeidad que extrañamente sentía que no era suya. ¿En qué momento llegó? Extraviado, sin una meta específica a la cual dirigirse, salvo meras intuiciones grises que lo confundían; era inevitable no sentirse un extranjero de esa realidad. Nadie conversaba, como si el solo acto de hacerlo infectara a todos con una enfermedad mortal. ¿Solo él podía hablar? ¿A dónde iban todos? ¿A dónde se dirigía él?
Luz roja.
Una niña se le acerca. Él le sonríe. Un segundo de naturalidad entre horas y horas de sensaciones desconocidas. Parece que lo observa, lo estudia, pero no es verdad, solo es una ilusión.

(¿La niña o tú?)

Un pensamiento aturde todos sus movimientos ¿Por qué sintió una sutil familiaridad frente a ella? La falta de una sólida respuesta lo pone inquieto. La desesperación brota. La angustia llega a él por caminos que no puede comprender. Entonces huye de la indiferencia de esas miradas, que en realidad le inspiraban inseguridad en vano.
Luz verde.
Comienza a moverse, a tratar de alejarse del bullicio, de los rostros, de todos los objetos, pero una pregunta se escabulle en su cabeza. ¿Por qué se siente tan solo?

(Esa es tu condena).

Las personas lo observan como si un fantasma se hubiera encarnado frente a todos. Él se da cuenta y el peso de esos ojos lo aterra; el pánico lo obliga a irse. Corre, se agita y tropieza frente a un grupo de personas que lo contemplan detenidamente. Rostros desconocidos.
Luz roja.
—Rompiste el principio —le dicen.
—Yo no hice nada —les contesta aún en el suelo.
Se siente atrapado. Teme cualquier movimiento, suplica que aquella sensación termine, pero nada sucede. Todo se ha detenido. Contempla el cielo y no recuerda en qué momento la mañana se volvió noche. Ya no existe más el movimiento ni el ruido, solo ellos. Una masa indefinida de miradas que lo atraviesan como si fuera un trozo de papel. Está rodeado.
—Para restaurar, se debe sacrificar algo del mismo valor —dice un hombre.

(Muerte)

—¿Creíste que lo lograrías sin pagar un precio? — dice una mujer.

(Vida)

—El principio de la equivalencia no puede ser transgredido —dice un niño.

(Precio)

—Por eso estás aquí —dice un anciano.

(Esto es tu Verdad).

Antes, buscaba aquellas miradas; ahora, rogaba que desaparecieran. No entendía lo que sucedía, solo deseaba desesperadamente que todo terminara. Desconectarse de la maraña de voces que caían sobre él. Lo único a lo que podía aferrarse era la ilusión de que el hilo que lo une a esta realidad se corte.
Los otros se hacen a un lado, abren espacio para que un niño camine hacia él. Su rostro se le hace familiar, pero no encuentra un nombre para que sus recuerdos despierten.
—Quisiste romper las barreras de la mortalidad, jugaste a ser dios y estás pagando la osadía. Ahora tu cuerpo ya no es tuyo, ni tu alma; le perteneces a este lugar —le dice el niño—. No llegaste a entenderlo. Anhelaste traer una vida y este es el resultado. Pero ¿por qué? ¿Cuál es la diferencia? ¿Para qué traer a un ser querido si no estarás allá para verlo? No lo entiendes, ¿qué te hace creer que una realidad es mejor que otras? Solo los que cruzan saben la verdad. Este es uno de los planos, uno de los tantos que existen. Somos como tú, seres de otros planos que se atrevieron a ir más allá de sus limitaciones. No estamos condenados, solo estamos pagando el intercambio.
—¡Pero yo no hice nada! ¡¿Cómo pueden decir que estoy pagando por algo que no recuerdo haber hecho?!
—Alcanzaste lo que buscabas, consuélate; pero tendrás que pagar su costo: tus recuerdos y tu vida. Equivalencia. Como todos, pagaste el precio. Ahora esta es tu realidad, a la que te acostumbrarás con el tiempo, como los demás. Formarás parte de la sustancia y serás la voz y los ojos de este plano hasta que llegue otro —decía el niño mientras su cuerpo mutaba: no solo crecía, sino que sus facciones moldearon una imagen que el otro conocía perfectamente.
El horror se dibujó en sus ojos.
—No puede ser.
—El principio de equivalencia de intercambio debe ser respetado —dijo el niño que ahora se había convertido en un adulto, en él mismo.
El bullicio volvió a reinar, las personas comenzaron a moverse con la misma intensidad del inicio; y él, sin memorias que despierten la responsabilidad de su culpa, sin ninguna emoción que palpite dentro de sí, solo desea hacer una cosa después de levantarse.
Luz verde.
Caminar, solo eso, caminar.

Mierda.
No puedo creer que el piloto haya escrito esto. Me hace recordar tanto a Otaya: sin la necesidad de colocar nombres propios y ese sabor agridulce que deja la vibración del punto final.
Pensé que trataba de cualquier otra cosa, pero no. Un texto tan corto que sorprende porque se traslada por diferentes “planos”. Empezó como un tópico, alguien extraviado en un mundo, pero luego se despega de aquello. Me gustan los escritores que usan un género como pretexto para mostrar algo más de lo predecible. Al leer el título, imaginé que sería un tratado de filosofía antiguo. Grato error. “Las personas lo observan”; el terror emana de los diálogos. Por momentos sentí que se dirigían a mí, como si las palabras me miraran: “¿La niña o tú?” o “Esta es tu condena”. Esa forma directa con que se dirige al lector me estremeció por momentos, como si el texto me hablara.
El tópico del hombre extraviado lleva a la confusión, luego a la revelación. “Estás pagando el precio”. El texto ficcionaliza la realidad, pero ¿es descabellado pensar sobre eso? No creo que haya alguien, un ente o energía consciente, que mueva o tenga control de algo tan inmenso como la realidad. Todos estamos enredados entre hilos; si uno quiere escapar, necesariamente mueve todo lo demás. Aquello no es equivalencia, sino interconexión universal. Dentro de ese caos reinante se haya el ojo del huracán, la zona más tranquila: las leyes, la equivalencia. En la práctica, la equivalencia es palpable. Quisimos avanzar como civilización, pero destruimos el planeta. Quisimos buscar vida en otros planetas cuando apenas se sobrevivía en el nuestro. Se buscaba perpetuar la vida cuando la guerra cortaba cientos de vidas. ¿La evolución nos superó o realmente no significa una mejora sino el exterminio? Es como si fuera una bestia salvaje, puedes analizarla, capturar sus fenómenos y manifestaciones, saber hacia dónde podrá ir, pero al final nadie puede predecir lo que hará. La bestia nos rodeó, comenzó a mirar y terminó por hablarnos. Ya se sabe el resultado. En esto existe equivalencia, el ojo del huracán de la evolución son los seres humanos; con el tiempo todo se disuelve. El huracán desaparece y luego vuelve a empezar.
“¡¿Cómo pueden decir que estoy pagando por algo que no recuerdo haber hecho?!”. Me hizo recordar a Kafka en El proceso. ¿Es exagerado pensar que Josef K, al no saber ni quién ni dónde ni sobre qué se le acusa, haya caído en una suerte de arrebatamiento consciente de la memoria? Su crimen es tan grande que prefiere alucinar que se comete una injusticia con él. Al final, termina creyendo lo que se le dice, ya que nadie contestó sus dudas porque no hay nudos que desatar. Empujado a la desesperación, Josef K termina aceptando lo que le dicen. Culpable. Acepta la condena, pero no quiere aceptar la culpa.
La angustia es clara en los dos protagonistas, el conocimiento desgarra su endeble carne y buscan desesperadamente un escape. En el caso de Josef K, es la aceptación de la pena. El protagonista del cuento de Mihole termina aceptando, con claros rasgos kafkianos, lo que le dicen. Eso está en el subtexto, por eso el texto termina donde empezó el relato. Un despertar y dormir, y volver a despertar; una intoxicante levedad que a muchos de nosotros aún nos atormenta. No puedo imaginar al protagonista del cuento sin ser parte de su angustia. “Caminar, solo eso, caminar”, y el círculo se cierra perfectamente. El cuento es como un catoplebas, el argumento se come a sí mismo.

***

Abajo todo sigue igual. La ciudad nos observa desde su rostro inerte. La emoción que despertó el cuento hace horas se va desvaneciendo, todo se disuelve. Estábamos conversando con la capitana sobre entrar en criogenización hasta que algo suceda, o la energía de Odiseo se consuma por algún desperfecto y morir en el sueño helado por la falta de soporte. La idea terminó descartada. La capitana fue firme. “Si va a tocar enfrentarnos a la muerte, será despiertas”.
Quise salir de la nave, pero la capitana se negó. Hace unos días no me habría importado su opinión; estos días, ella es otra, no sé si es la verdadera capitana o es alguien que ella está mostrando ante mí. Al final, sea o no una máscara, no importa el rostro que muestre, siempre será ella. Después, terminó su negación con una respuesta.
—Mañana saldremos, como en Tau Ceti, a explorar. En aquella ocasión, no la pasamos mal.
Era cierto, fue muy divertido. No me había divertido tanto con alguien de esa forma, aunque después de eso vino el piloto con la revelación. La felicidad a cambio de la verdad, una extraña equivalencia de intercambio nos sucedió esa vez, ¿qué evita que vuelva a pasar?
Lo importante es que mañan

***

¡Mihole volvió!
Llegó en la nave que tomó. Estaba tan delgado que la capitana fue suficiente para llevarlo a la enfermería. En el camino balbuceaba algo que no comprendimos. Quizás alucinaba por la deshidratación. Se le ve muy débil, pero ya está con un suero que estabiliza su ritmo cardíaco. No tiene huesos rotos ni daño de gravedad. Los exámenes dicen que solo necesita reposo. Me quedaré con él esta noche. Aunque la capitana lo disimule, está feliz.

*

No puede ser.
No lo dudé. Llamé a la capitana. Los balbuceos comenzaron a tomar fuerza y sentido. Me despertaron del sueño. Cuando me acerqué a él, tenía los ojos abiertos. Y la frase sonó claramente, sin sombras, una oración que me hizo avisar a la capitana de inmediato y que inyectaron un hormigueante miedo en mi cuerpo.
—Encontré a una persona…

Autor: Elohim Chirinos

Colaboración: Ana

Dialéctica de la libertad y la crueldad en Shingeki no kiojin de Hajime Isayama

El pasado 30 de junio finalizó la tercera temporada de Shingeki no kyojin, principal obra del mangaka japonés Hajime Isayama. El cierre de este arco ha revelado muchos de los secretos que se habían tejido a lo largo de las dos primeras temporadas. La llegada al sótano permitió conocer la verdad del mundo a los habitantes del muro —que tanto deseaban encontrar—, la cual, a su vez, los obliga a situarse en una nueva posición dentro de su propio mundo: los titanes no son los únicos enemigos.
El hecho no consiste únicamente en que los habitantes del muro —ahora conocido como Paradis— hayan descubierto que hay humanos más allá de la periferia, sino que estos los ven como demonios, es decir, seres cuya condición no es humana (p. ej., el brigada Gross, en el manga n.° 87).
Ante estas nuevas revelaciones, Isayama desplaza la encarnizada lucha de los habitantes del muro contra los titanes para mostrarnos un contexto completamente distinto. Un giro copernicano que muy pocas historias se atreven a realizar con éxito. La caja de Pandora fue abierta. Shingeki no kyojin dejó de pertenecer a la categoría de shonen (anime juvenil) para adentrarse en una trama, cuyo ambiente crudo armoniza con la complejidad de las perspectivas sobre un mismo tema, que se desenvuelve en una atrapante cotidianeidad: un seinen.
Ahora es la humanidad contra la humanidad; y los titanes se vuelven armas tanto de uno como del otro bando. Los pobladores de Eldia (descendientes del demonio y habitantes de los muros) y los de Marley (el imperio que domina el mundo), dos naciones que el mangaka enriquece dotándolos de características con las cuales el lector-espectador podría sentirse identificado. De manera que, innegablemente, podemos acotar que las dos naciones devienen prisioneras del motor convergente que da movimiento a sus historias, las que finalizan en un mismo cruce: la libertad y la crueldad.

Eldia: la crueldad como camino hacia la libertad

Un detalle bastante seductor del pasado de Eldia es su poderosa tradición mitológica, solo comparada —en riqueza— con la historia anterior al tiempo narrativo de la trama de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. El origen de los eldianos fue —según lo narrado por Marley— el pacto con el demonio que realizó su fundadora Ymir Fritz para conseguir un poder especial, convertirse en titán.
Así, Isayama decide envolver el origen de Eldia dentro de una nube inquietante de hermetismo. Nunca sabremos qué motivó aquel pacto o —algo mucho más interesante— desconocemos por completo si realmente hubo un pacto con el demonio de la tierra. Aquel desconocimiento, tanto para nosotros como para los protagonistas, nos obliga a preguntarnos sobre los límites de la ficción y la historia.
Es importante recalcar cómo aquel hecho (el supuesto pacto de Ymir) nos remonta, inevitablemente, a otras culturas antiguas cuya fundación está rodeada de un halo mítico poco realista (Roma, Mesopotamia, el Imperio inca). Precisamente esta atmósfera consolida las bases de la identidad de los eldianos como descendientes de Ymir (o del demonio).
Por tanto, la alteridad de los eldianos radica en que son portadores del poder de Ymir, que se trasladó a todos sus hijos durante el imperio de Eldia (más de 1700 años); siempre gobernados por un descendiente directo de Ymir: los Fritz.
A lo largo de su dominio en la Tierra, hubo muchas disputas y luchas entre los mismo eldianos, una larga historia de conflictos que se repetían incontables veces y que terminaban en un sinnúmero de muertos que solo se detuvieron con la llegada del 145.° rey, Karl Fritz, y su idea de renuncia a la guerra.
La voluntad de Karl Fritz es, ante todo, que su pueblo descanse de tanta crueldad y muerte que ellos mismos provocaron por cientos de años a las demás naciones. Desea liberar a su pueblo de la maldición que su misma gente se impuso. Nótese que, para Fritz, la libertad no es otra cosa que comenzar de cero y olvidarse de que gracias a ellos el mundo está infestado de muerte.
El culmen de la anhelada libertad de Fritz es la construcción de los muros y la memoria que implanta en todos los habitantes: son los únicos sobrevivientes de un mundo conquistado por titanes dentro de una isla llamada, por él mismo, Paradis. En este punto, la obra de Isayama nos hace recordar a Un mundo feliz o Fahrenheit 451, por la utopía que se intenta implantar mediante la opresión (los muros).
La llegada al sótano desmontó el paraíso que el rey Fritz creó dentro de los muros. La verdad es mostrada: los habitantes de las murallas son eldianos, demonios por llevar la sangre de Ymir; en consecuencia, merecen ser asesinados por los crímenes que cometieron en el pasado.
De lo anterior se puede deducir que aquella maldición (ser crueles) no es otra cosa que la búsqueda de la libertad (p. ej., la llegada al sótano). La conclusión es, pues, inevitable: para mantener la libertad no hay otro camino que la crueldad (“Si matamos a todos los enemigos del otro lado del mar, ¿podremos ser libres?”, según Eren Jaeger en el manga n.°90).

Marley: la libertad como base para la crueldad

El pueblo de Marley fue sometido violentamente por el imperio de Eldia hasta la Gran Guerra de los titanes —que provocó la huida de Karl Fritz a Paradis—, acontecimiento que contribuyó al empoderamiento de Marley gracias a los siete de los nueve titanes cambiantes que atrajo a su bando.
Los orígenes de Marley, en contraste con Eldia, carecen de un tinte mitológico. Solo sabemos que fueron perseguidos por los eldianos. Antes de su conquista todo es nebuloso. No hay ficciones fundacionales sobre Marley.
¿Cuáles serían las intenciones de Isayama al retratar un pueblo sin historia como Marley? ¿Decirnos que como nación carecía de identidad? Desde esta perspectiva, podemos afirmar que su origen se parece al de Norteamérica. Un grupo de colonos que se organizaron como un frente para combatir a su enemigo y reducirlo, con la finalidad de asumir el poder y extender sus dominios.
No obstante, la analogía solo se aplica a su fundación. En las bases de su identidad se entrevé la influencia del nacionalismo japonés. Como es sabido, a lo largo de su historia, esta nación ha construido una infranqueable frontera para cualquier influencia extranjera —salvo para algunos aliados—, catalogando de raza inferior a los chinos o despreciando a los misioneros cristianos de los siglos xv y xvi. De esta manera, Isayama, para afianzar el carácter de Marley, lo reviste de un nacionalismo casi idéntico al de su país, con la única diferencia de que los marleyanos no están orgullosos de ser ciudadanos, sino de ser humanos.
Apoya esta hipótesis la conversación que Willy Tybur, el líder oculto de Marley, sostiene con el capitán Theo Magath frente a la estatua de Helos (soldado que “derrotó” a Eldia en la Gran Guerra de los titanes). Después de enumerar las virtudes del “héroe”, Tybur concluye que Helos es la misma imagen de Marley. El capitán le responde con ironía: “Sí, desde luego. El interior de la escultura de bronce está hueco” (manga n.° 97, p. 38).
Así, para darle vida a su ʻfrankensteinʼ, Isayama rellena los vacíos de la identidad de los marleyanos con las características de diferentes imperios y países: el hambre expansionista (Japón de comienzos del s. xx), la segregación racial (Alemania nazi), la instrumentalización de niños como guerreros (Siria) y el abastecimiento de recursos naturales de la isla Paradis (Estados Unidos). Todos estos factores fortalecen a Marley como imperio y cubren la carencia de mitología propia. La identidad de los marleyanos no está en su pasado, sino en su presente.
La “estatua” de Helos ya no es hueca, al contrario, sus características le otorgan un alma, una identidad. La única libertad posible para Marley será cuando los eldianos sean exterminados y el miedo a los titanes desaparezca; para ello, la crueldad es la única vía.

Conclusión

De lo expuesto, se puede afirmar que en el germen de las identidades de Eldia y Marley convergen las categorías de libertad y crueldad. No es gratuito que la frase “este es un mundo cruel” sea repetida muchas veces a lo largo de la trama. Y tanto Erwin Smith como Willy Tybur plasman esa idea: para derrotar a los demonios es necesario convertirse, forzosamente, en un demonio.
Shingeki no kyojin es la historia de una descabellada carrera por alcanzar la libertad; en ese tránsito hacia la liberación se incurre, inevitablemente, en la violencia. La crueldad y la libertad son hijas de la necesidad, Eldia y Marley forman parte del mismo mundo posible. La síntesis la encontramos en las palabras de Berthold Hoover momentos antes de transformarse en Shiganshina (manga n.° 78): “Eso es. Aquí nadie tiene la culpa. Todo esto es inevitable (refiriéndose a la lucha). Y es porque este es un mundo terriblemente cruel”.
La historia de Shingeki no kyojin es la nuestra. Un enorme mosaico donde cada habitante de los muros de la Tierra se puede ver reflejado. Indistintamente, podemos ser de Eldia o Marley; al final caeremos presa de la más perversa crueldad si luchamos por un dios, una identidad nacional o la misma libertad.

Elohim Chirinos

Diario de las estrellas

Parte II

La humanidad

Día 543

Frente a una fotografía estaba su DI (dispositivo interactivo)¹. La pantalla parpadeaba. La capitana no dudó en encenderla.
—Hay algo escrito —me dijo.
Solo había una palabra. Por la forma de la escritura lo había hecho con su dedo.

¿Qué significa? Lo intentamos, pero no pudimos llegar a una solución. La palabra podía ser cualquier cosa, tratar de cualquier tema, pero mientras más hipótesis lanzábamos menos la entendíamos. Después de varios minutos no insistimos más.
No encontramos nada que nos pueda ayudar a acceder a la última contraseña. Seguiremos en Sina mucho más de lo que pensamos.
Antes de salir de la cámara de Mihole, revisé algunos de sus documentos y encontré un USB, que tenía una etiqueta con un nombre raro: Equivalent de principle commutationem. Parece un tratado antiguo de filosofía.
Al cerrar la cámara, la fotografía de Mihole con su sobrina me observaba. No sé por qué me detuve a verla unos segundos.

*

Su manera de hablar, ¿cómo describirla? Pasiva, nostálgica por momentos, pero sin abandonar la serenidad de su rango. Algunas personas no necesitan una pregunta para dar una respuesta.

  • —Sé que me he puesto muy testaruda desde que llegamos aquí, no lo niego, Carla. Cuando salimos de Tauti Ceti, tenía la esperanza de encontrar algo más que un planeta deshabitado. Alguna pista o indicio, algo. Quería hallar un simple rastro de él, un objeto, una imagen, alguna evidencia de lo que le sucedió después que abandoné el planeta. A veces tengo sensaciones extrañas que me llegan en la noche y trato de no hacerle caso, pero es difícil. ¿Sabes? Incluso las sensaciones tienen un peso, uno tan fuerte que puedes sentir cómo desgarra cualquier rastro de esperanza. Cuando no hay nada que nivele la carga, ¿cómo contrapesar la balanza?, ¿con ilusiones, fantasías o ficciones? Al perderse el sentido de la realidad, no existe otra cosa que aferrarse a aquello que deseamos que exista o que vuelva a existir.

Esperanza, interesante palabra. La mayoría de las personas la poseían cuando salimos del planeta. La propaganda era avasalladora. “¡Los salvadores de la humanidad!”. Qué eslogan tan grandilocuente. Nadie pudo pronosticar lo que el plan del Primer Orden desencadenó.
Las últimas semanas antes de despegar, la violencia y las guerras en la otra parte del mundo habían descendido considerablemente. El Servicio de Inteligencia pronosticó una lluvia de atentados terroristas en las ciudades más importantes, pero nada de eso sucedió. ¿El mundo entero nos habrá observado aquel día? ¿Habrán contenido el aliento —como nosotros —cuando los motores se encendieron e iniciamos nuestro viaje al espacio? El evento era único en toda la historia. “El primer viaje tripulado más allá de las fronteras del sistema solar, realizado por tres personas valientes que abandonarán lo que tienen en el planeta por el bien de todos. Tres héroes que serán recordados por el futuro y que estarán en nuestras oraciones por siempre”. ¿Héroes o mártires? Al final, solo queda una palabra para ambos conceptos: patético. Pero era el mensaje que teníamos que transmitir: ESPERANZA. Fuimos a muchas entrevistas, inauguramos un sinnúmero de obras públicas y artísticas, incluso uno de los altos representantes nos dijo que al volver habría plazas, ciudades, avenidas, universidades, museos con nuestros nombres en la nueva Tierra que descubriésemos. Cautivantes promesas que no terminaban de convencerme, pero a ellos sí.

  • —¿No lo percibes, Carla? Yo sí. Al despertar siento el mismo miedo. Sé que no puedo hacer nada para cambiarlo, pero aún sufro por la angustia de no saber qué pasó en realidad. La humanidad no me importaba… lo único que deseaba era que… él tuviera un futuro, que el sacrificio valiera la pena. La gran promesa, ¿lo recuerdas?, lo que nos hizo paralizar de emoción a Mihole y a mí cuando el representante terminó de hablar. Los dos nos pusimos de pie, asombrados y sin palabras; tú te hallabas sobre la silla como si no hubieras oído nada. En ese momento, pensé que eras una homu², por eso no te tomé mucha atención. Hasta entonces, había conversado poco con Mihole, pero esa última promesa nos unió un poco más.

“Si esta misión tiene éxito, las personas que ustedes escojan serán protegidas por el Primer Orden, y eso incluye, si tienen más de 20 años, no ingresar al Protocolo Nido Fantasma y poseer alto estatus dentro del país”. Jamás vi a personas tan ilusionadas como a la capitana y al piloto. Yo no tenía nadie a quién salvar; en sí, lo que me atrajo fue que mi nombre estuviera en la nueva Tierra, pero solo fue una emoción sutil. Al salir de la reunión, el mundo seguía girando. Ellos se fueron juntos, y yo a mi habitación. Esa noche, pensé en todo menos en que tenía que salvar el mundo. En realidad, nunca se puede salvar algo, ya que al protegerlo de una cosa lo condenas irremediablemente a otra. Lógica elemental que todos pretendían olvidar. Es más un hecho subjetivo que uno real. Al final, me iba a convertir en una especie de Jesucristo. Sacrificarme por toda la humanidad cuando la verdad es que yo los sacrificaba a ellos por mí. Siempre desprecié a los mártires, son una especie de divos de lo dramático, pero igual me convertí en eso al usar la tragedia para mi propio beneficio. Escapar. La necesidad está más allá del bien y del mal, o mejor, de lo que nos gusta o no.

  • —Fuimos al salón de comidas. La conversación empezó en pleno pasadizo y continuó mientras cenábamos. Nunca conversé tanto con una persona como con Mihole aquel día. Reímos y nos pusimos serios. No podía creer que era del mismo país que la pequeña Roslyn. ¿La recuerdas? Yo sí, muy bien. Era la niña de cuatro años, símbolo del atentado cometido en el aeropuerto de la capital por los radicales del lazo azul. La muerte de Roslyn tocó a todo el continente: la niña de rizos rubios y sonrisa traviesa fallecida producto del radicalismo contra el gobierno. Incluso se instauró el Día de Roslyn el 9 de agosto. Recordar a esa niña era evocar la maldad que ocasionaron los radicales azules, y fortalecer la autoridad estatal. Se hicieron misas y todo tipo de actividades en favor de las niñas como Roslyn, siempre organizadas por el gobierno. Yo doné mucho dinero en mi juventud en favor de la Asociación de Beneficencia Roslyn para Niños Desamparados. Y pensar que cinco años después, un reportaje en el otro lado del hemisferio se filtró en nuestro territorio. El alto mando lo tildó de “patrañas absurdas y mentiras descabelladas” que solo servían para desacreditar la tranquilidad y paz que el gobierno había instaurado. Pero las imágenes eran claras y los documentos infalibles. Las fotografías no daban lugar a la duda, pero lo que desencadenó el escándalo fue la proyección de un video donde se mostraba a una niña con el cabello negro y lacio, corriendo por un campo inmenso, perseguida por un perro. La niña estaba feliz, muy risueña, viva. No sería mayor de 10 años, y era tan parecida a Roslyn; su viva imagen. En el reportaje, muchos doctores —del otro lado del mundo, por supuesto —coincidían en lo mismo: la niña del video era Roslyn. A parte de las facciones, lo único que había cambiado era el color y volumen de su cabello. Después de un tiempo, se dio con el nombre verdadero de la niña: Elizabeth Brunhem. En realidad, Roslyn nunca existió, solo fue una imagen que nos vendió el gobierno y que nosotros la compramos (crisis actors). El pasado se volvió una mentira y el presente una burla. Solo símbolos de una muy bien trabajada ficción. Roslyn fue tan real como nosotros cuando nos llamaron “salvadores de la humanidad”.

Entramos en la profunda noche con la seguridad de que tardaríamos mucho tiempo en volver a ver un amanecer. La primera parte fue crucial. “Si Odiseo no explota en las doce primeras horas, entonces nada malo sucederá”, nos dijo el creador de Odiseo; el humor de los griegos es muy extraño. Faltaba un par de horas para que la nave despegue. Ya en ese momento, comenzábamos a llevarnos mejor que antes, aunque hablo por mí; ellos se llevaban bien. Al salir de campo gravitacional de la Tierra, los escuché; no conversaban entre sí, rezaban. Cada uno a su modo y a sus respectivos dioses. Nunca entendí eso, ¿por qué solo rezarle a los dioses o personas santas? Dejamos un mundo cruel a nuestras espaldas, que tal vez rezaba por nosotros en sus casas, parroquias o en la misma calle. Nunca he creído que debía rezarle a alguien. No. Los que creen en una deidad dicen que todo lo que sucede es porque Dios así lo quiere, es su voluntad. Y así como permitió que Caín asesinara a Abel, hizo lo mismo con la peste, las guerras mundiales, el cambio climático. Ir contra sus decretos es la mayor blasfemia, si es así, ¿por qué la humanidad reza para que tengamos éxito si al conseguirlo iríamos en contra de los designios de Dios? Kant dice que el hombre tiende a la metafísica, pero no pudo ir más allá. El hombre tiende a una metafísica fundamental, no abstracta, sino personal. La idea de Dios es la excusa para buscar la idea de una propia salvación.

  • —En mi caso, puedo decir que también fui testigo de algo parecido. Cuando ingresé a la universidad, mis padres lo celebraron, fue su mayor éxito. Yo me sentía feliz en aquel pequeño “paraíso” al que ingresaba, pero ya me había percatado del cambio que tuvieron con mi hermano después de mi ingreso; tendría que ser ciega para no darme cuenta. Solo no le presté la atención indicada. Mejorará, me decía. Comencé a trabajar y ahorré un poco de dinero para alquilar un lugar donde vivir. Fue maravillosa esa época, sin rendir cuentas a nadie al llegar a casa, solamente yo y mi cuarto, y aún así, no me daba cuenta de que seguía rodeada de murallas… Después de varios meses lejos de casa, llegué una noche a visitar a mis padres. Mi hermano estaba solo; no le iba muy bien en sus clases, por eso lo castigaron. Ese día, me recibió con unos papeles que encontró en el despacho de mi padre. Me pidió el favor de arreglarlos para no ganarse otro castigo. Mientras los acomodaba, observé una que otras frases y algo que me hizo indagar. Muchos de los papeles tenían el sello oficial del gobierno, como los que tenía en mi solicitud de ingresante al campo militar. La mayoría eran recibos de dinero. Tenía un mal presentimiento, hasta que lo vi. Gustavo Iparraguirre; luego, Mauricio Iparraguirre. Fechas de ingreso: el primero ingresó el año de mi nacimiento; el segundo, en la fecha de mi primer cumpleaños. El último recibo era de ese mismo mes. No fue difícil asociarlo. Esperé a que mis padres llegasen, venían riendo. Al verlos, les arrojé todos los recibos que encontré. Ellos no dudaron en hablar. “Son tus hermanos mayores”, me dijeron. Les increpé, quería saber dónde estaban, aunque al finalizar mi pregunta tenía en la cabeza la única respuesta posible. El Protocolo Nido Fantasma. “Fue lo mejor para la familia. Era su deber como hombres; han sido fuertes y no muy aplicativos para los estudios. La mejor opción era esa. ¿Querías que pasen por la vergüenza de ser ridiculizados por el fracaso de no encajar en ningún lado de la sociedad? ¿Qué vengan los agentes y se los lleven violentamente como delincuentes o asesinos?”. Yo estaba en shock. Les reclamé por su silencio todos estos años, ¿sabes lo que me dijeron? “¿De qué te sirve saberlo ahora, Mariana? ¿Acaso harás algo? ¿Cambiarás el pasado? ¿Moverás tus influencias para sacarlos? No, solo te pondrás triste y llorarás, después no harás nada”. “Deberías agradecernos. Pusimos todas las esperanzas en ti porque no eras como ellos. Eras una niña tan frágil y débil. Llorabas por cada animal que se extinguía. No durarías nada dentro de los muros”. “Te amamos, hija, y vimos que lo mejor que podíamos hacer era ayudarte con tus estudios, y mira hasta dónde llegaste. Si avanzaste tanto en tu carrera es por nosotros”. “¿Creíste que podríamos tener esta calidad de vida solo con mi trabajo en el banco?”. Estos muros nos protegen, ahora lo entendía todo. “Tuviste mucha suerte, Mariana. Cuando tus hermanos supieron que serías mujer, lo pensaron mucho. No querían que la historia se repita. Y como dos miembros de una familia no pueden ingresar el mismo año, Gustavo ingresó primero y luego Mauricio. Si tuviste buenos estudios y comodidad es por tus hermanos”. “Este mundo se va a acabar, ¿crees que importa ser bueno o malo? Lo que importa es ser útil. Todos estamos desahuciados, y eso tus hermanos, como nosotros, lo sabían”. “Debes entender que esto ha sido lo mejor para todos, tanto para tus hermanos como para nosotros, cada uno tiene una razón por la que vivir en esta sociedad. Ellos escogieron la suya, nosotros la nuestra, así como tú”. Me ardía la sangre de solo escucharlos. La verdad, deseaba matarlos, es lo único que puede acercarse a lo que realmente sentí aquella vez. Después me dijeron que, “ahora que lo sabía, tenía que guardar silencio para que mi hermano no se entere”. Lo entendí de inmediato. —¡Quieren convencerlo como a los otros! ¡Le lavarán el cerebro! — les grité. Ellos me respondieron: “Eres una niña tonta”. “No insultes a tus hermanos degradándolos a simples títeres. ¿Crees que no me dolió cuando se fueron? ¿Qué no lloré cuando se despidieron? No te confundas, Mariana, deja de pensar que hay villanos en esta historia y que solo tú eres la heroína”. “No hagas que nos arrepintamos de la elección que hicimos contigo”. No quería escuchar más. Los empujé a los dos y fui al cuarto de mi hermano; lo saqué de esa casa. Cuando salí vi el muro, y me congelé del horror de solo imaginar lo que sucedía detrás de esas enormes paredes. Tenías que ser militante o “condenado” para saberlo. A la semana siguiente, acordamos que él se quedaría conmigo con la condición de que no diga nada. —¿Cómo sé que ellos están vivos? —les pregunté. “Lo están”. “Cuando alguien adentro muere, dejan de enviar parte del salario acordado y envían los restos a la familia”. Estar frente a ellos me causaba asco a cada instante. Los amenacé. Si algo no permitía el Primer Orden eran los escándalos, y menos de este tipo, por más que la mayoría de los ciudadanos lo supieran. Yo solo quería salvarlo, Carla ¿Esa es la palabra correcta o solo un consuelo?, al menos, no quería que tenga el destino que mis padres le depararon. No, él iba a tener la opción de elegir, como quizás no la tuvieron Gustavo y Mauricio. En algo tuvieron razón: soy débil, una niña frágil que solo sigue jugando a ser fuerte. Y ahora estoy aquí contigo, sin saber cómo escapar de este planeta. ¿Sabes cómo son mis pesadillas? Estoy frente a mi hermano, gritándole por no ser un buen estudiante, y él llora y se va a su cuarto. Al ver al espejo, los contemplo, sonriendo, orgullosos de la hija que criaron. No somos distintos de lo que despreciamos, somos tan parecidos. ¿Qué hubiera pasado si no descubría nada? ¿Hubiera hecho lo mismo que mis padres con mis propios hijos? ¿Qué separa mi moral de la de ellos? Una línea delgada, una simple casualidad casi transparente es lo que distingue nuestras decisiones.

La primera vez que vi a Mariana, no me despertó nada emocional, solo una vaga noción. La representación del factum en la moralidad kantiana. Esa apariencia tan marcada de la conciencia del deber demostrada en su comportamiento estoico. La capitana caminaba, hablaba, observaba, como si todo exigiera un riguroso comportamiento. Al pensar en el piloto, viene a mí el idealismo extremo de Berkeley. Todas las cualidades de la materia son percepciones y todo el mundo solo es una representación de él. ¿Y yo? Antes era muy marcado mi pensamiento pesimista, sobre todo al ver la realidad, que nada podría salvarnos. Aunque, cuando partimos de la Tierra, la humanidad se unió involuntariamente, y la violencia que había dominado al mundo descendió de súbito. El deseo, la esperanza de encontrar un nuevo planeta que pueda ayudarnos a sobrevivir como especie fue aquello que nos motivó. Pero, entonces, en el momento que el planeta era solo un punto oscuro en el espacio, me surgió una pregunta: no qué pasaría si la humanidad no alcanzaba a superar aquello, sino qué pasaría si lo lograba. El mundo terminó de unirse por sobrevivir. Si llegábamos a tener éxito en la confirmación de Sina aquella vez, ¿por qué otro motivo se volvería a unir la humanidad? ¿Qué podría evitar que la historia se repita? ¿Acaso encontraremos la respuesta en este planeta?

1) Un ordenador portátil, de tamaño similar al de la tablet.
2) Término con el que se designó a la tendencia de algunos jóvenes para mostrarse sin emociones, como máquinas, en actitud de protesta ante el incremento desmesurado del reemplazo del hombre por organismos cibernéticos en varios países del Primer Orden.


Autor: Elohim Chirinos

Colaboradora: Ana

DIARIO DE LAS ESTRELLAS

PARTE II

LA HUMANIDAD

DÍA 542

“Imagino a Dios sobre un valle desértico, contemplando un horizonte gris que se devora a si mismo entre fuertes corrientes de aire que levantan del suelo algo muy parecido al polvo. Otros, similares a él —sin nombre, desconocidos—, se lamentan ocultando su rostro entre las sombras, o ríen festejando su propia inmortalidad. En ese ambiente todo es igual. No hay una diferencia. El movimiento como se le conoce no existe. La parte es igual al todo. La inmortalidad no se puede medir. Él está observando el mismo cuadro desde quién sabe cuándo, lamentándose por un presente que lo más probable no recuerden. Cansado de ver el mismo ambiente, sin un cambio notorio, rutinario, aburrido. No tiene imágenes de un estado anterior a éste porqué nadie tiene memoria; para él no existe el pasado, siempre es presente, como los demás. ¿Qué hacer con la inmortalidad si es idéntica a cada momento? Y entonces se le ocurre una idea, una que no parece haberla tenido nunca. Brota en el vacío de su mente y al pronunciarlo toma su propia forma. Sonríe mientras los demás dioses desconocidos lo observan. Continúa estático. Ser inmortal es como no moverte, por eso dios hace las cosas con la palabra. ‘En el principio existía el verbo’. Dios no es un orfebre, es un hechicero.
La realidad toma forma de la invocación del verbo. El espacio, los planetas, las estrellas, los cielos, el hombre, aparecen de su palabra. ¿De qué vale tanto poder si no hay con quién ejercerlo? Desde su infinidad vislumbra el nuevo espectáculo, un nuevo mundo que comienza a moverse en algo completamente nuevo para todos: el tiempo.
El aburrimiento se ha ido”.

Estaba terminando de leer una de las novelas poco conocidas de Otaya, y me encontré con este fragmento. El protagonista, el sr. A, está al lado de su moribunda madre que suplica desde sus delirios su conversión al cristianismo. “¿Qué piensas de Dios, hijo mío? Cuéntale a tu madre lo que hay en tus pensamientos”, le pregunta. El sr. A guarda silencio, como si esperara que la muerte llegara antes de comenzar a hablar. Pero todo es inútil, está condenado a decirlo. Mientras habla, el sr. A no se percata en que momento su madre dejó de escucharlo, solo responde. Una alegoría grisácea llena de ideas que jamás pudo decirlas frente a ella, pero ahora fue distinto, su madre agonizaba, perdía lentamente la razón y entendimiento mientras él tomaba valentía.
Al darse cuenta de su silencio, se aleja de ella. Camina hacia una ventana y abre las cortinas. Ve el horizonte gris, muy parecido al que describió en su historia y lo conmueve una extraña sensación. Se siente libre después de tantos años pero, ¿realmente lo era? ¿Cómo saber si aquella sensación de libertad era suya realmente o de algún dios aburrido que creó toda está realidad en solo unos segundos? Al final de la novela, el sr. A pronuncia las últimas palabras.
“—Soy libre, pero, ¿de qué sirve si estoy condenado a sentir lo contrario?”.
Por unos segundos, al terminar de leer la novela, y aunque suene completamente descabellado, me sentí observada, como si aquel diálogo me contemplará al darle voz. La magia de Otaya al escribir mundos fantásticos llenos de realismo tan carnal.

*

No puedo dejar de pensar sobre aquello; es inevitable. Arrojé una piedra al lago y las ondas no dejan de moverse.
Nunca me llevé bien con las religiones, y es que todas, en esencia, promueven los mismos fundamentos: la confianza o fe en un ser vestido de magnanimidad con un mensaje que rompe las cadenas de la opresión tanto física como espiritual, pero, ¿por qué casi siempre es la misma fórmula? Obedecer y recibir, siempre es el mismo efecto, ¿o acaso soy yo la que no puede adaptarse a eso? Quizás no es importante dudar cuándo se está en una religión, ya que simplemente, cuando la incertidumbre aparece, se le deja de lado. ¿La ignorancia es la felicidad? No, lo es conocer y aparentar no saberlo.
No creo ser la única persona que haya dudado de todo, solo que en mi caso, la duda tiene un mayor peso. La duda solo existe cuando se la dice o cuando se la escribe, cuando se le da un cuerpo. En este aspecto somos muy diferentes al dios de la Biblia. Él es la Palabra, el logos. Él no creó al mundo con sus manos, solo pronunció y las cosas existieron, por eso se dice que él es el verbo, la palabra-acción que moldeó todo, según lo que me dijo la hermana Briene.
Eso me recuerda. Tuve la oportunidad de pertenecer a varias religiones cristianas en mi vida en la Tierra, pero en ninguna me sentí ni tranquila ni cómoda. La hermana Briene fue una de las pocas personas que se acercó a mí con un trato generoso y amable; me compartía el mensaje de su doctrina algunos días al atardecer insistiendo en que necesitaba ir a uno de sus retiros para poder encontrar el camino. “Cuando le abrimos la puerta a Dios la primera vez, él siempre estará ahí”, recuerdo bien eso. No lo niego, había momentos en los que la emoción del trato lograba ir más allá de mis propios conocimientos y me preguntaba a mi misma si no podría encontrar la tranquilidad en esa religión como la hermana Briene. “Sigue las enseñanzas de Dios y recibe sus bendiciones”. Algunas palabras perforan más en una cuando se las dicen en el momento adecuado, pero el entusiasmo se consume rápidamente, se apaga. El otoño llega y las palabras terminan pudriéndose. Al poco tiempo leí uno de los cuentos de Otaya, sobre un fraile que deseaba satisfacer a su dios desde sus propias obras y llegaba a una conclusión elemental. “Incluso la bondad es un trabajo”, termina diciendo frente a la imagen de su dios. Aquella frase alimentó mi pesimismo en las personas. ¿Y si incluso la moral es una forma mezquina de trabajo? Según Hannah Arendt, los nazis promovieron de forma sistemática la banalidad del mal, su burocratización. Ser cruel y torturador era un trabajo. Entonces, ¿no podría también existir una banalidad del bien? “Sigue las enseñanzas de Dios” es igual a obedecer “…y recibe sus bendiciones”, es el pago por el trabajo. Todo es un trámite burocrático expuesto ante nuestros propios ojos.
Si la hermana Briene hubiera conocido mis pensamientos, ¿otro hubiera sido su trato? Su mensaje era un escape, uno seductor, pero el cual sabía que el sabor dulce se volvería amargo una vez recibido. Ninguna verdad puede depositarse por mucho tiempo en mí porque al poco rato la duda ataca.
Son pocas las verdades que dan lucha a mis pensamiento, por ejemplo: La religión, la sociedad, los grupos, nos dan categorías que nos diferencian. Años antes de estallar la noticia, en el 2019, se celebró la caída de todas las dictaduras en el mundo. Todos los gobiernos asistían alegres a una parafernalia de discursos solemnes sobre la libertad alcanzada después de arduos intentos por globalizarla. Tres años después, las revoluciones en el mundo entero, después de la noticia, rasgó el velo y dejó al descubierto lo que la mayoría pensaba. Los gobiernos que continuaron estables miraban con desdén a los que sufrieron las revueltas y guerras civiles. Rompieron relaciones diplomáticas y se agruparon formando El Primer Orden.
La igualdad no existe, es una mentira que nos contamos una y otra y otra vez hasta convencernos de que es verdad.
La única verdad es lo que tenemos al frente de nosotros mismos, es el presente gris que quizás contempló Dios en las palabras del sr. A. Ahora soy como él, creando un mundo inundado de palabras que deben su existencia a mi voluntad. Somos la ficción de Dios o él es la nuestra, al final no tiene importancia. Ser deicida o esclavo, ¿qué mas da? Si al final lo único que queremos es implantar nuestra voluntad.
¿Qué será de la hermana Briene?, ¿habrá alcanzado los brazos de su dios como tanto anhelaba? Quizás ese dios ya se volvió a aburrir y giró la mirada al cielo gris imperturbable. No importa donde se encuentre la hermana, lo más seguro es que ahora solo sea algo muy parecido al polvo que los vientos calientes de la Tierra levantan del suelo.

*

He escrito estas páginas como si todo aún existiera, la religión y las personas. Sigo viviendo en el pasado.

*

El dolor de cabeza me acompaña desde hace horas, mucho antes de comenzar a escribir sobre este día. He tomado varias pastillas pero son inútiles.
La capitana y yo nos hemos ocupado de tener listo a Odiseo para poder irnos en cualquier momento. Se me ocurrió que si no podemos mover a Odiseo, podríamos irnos en la nave de exploración que nos queda, pero la capitana hizo aterrizar mi plan. No podríamos sobrevivir en esa nave ni siquiera una semana en espacio exterior. Quizás no fue su intención pero me hizo sentir estúpida; a raíz de ese momento comenzó a dolerme la cabeza.
Intentamos de todo para entrar en los controles de manejo. Movimos algunos cables y nos quedamos horas y horas sentadas frente al panel de control. Sólo pocos avances. Rompimos el código de seguridad que le había puesto Mihole pero nos queda atravesar su contraseña. Tiene toda una obsesión con la seguridad. Intentamos de todo pero nada era efectivo. Comimos poco, solo lo suficiente para no perder tiempo. Hasta este momento, la capitana no abandona la entereza, eso me satisface.
Voy a esperar el efecto de las pastillas sobre la cama. Ocho caracteres que necesitamos encontrar para poder tener la puerta de escape abierta en cualquier momento. Parece que no sucede nada en este planeta, como el paisaje que contempló Dios antes de la creación.
Esa pesadilla de hace días que inexplicablemente me hizo sentir que había como una bestia abajo de nosotros. Creo que solo fueron ilusiones producto del sueño. Nada hay abajo, solo ciudades fantasma, montañas gigantesca llenas de erosión que me hacen recordar a dirigibles y el piloto, que quién sabe si aún esté vivo.

Autor: Elohim Chirinos

Colaboración: Ana

DIARIO DE LAS ESTRELLAS

PARTE II

LA HUMANIDAD

DÍA 541

Extraña.
La marea está apaciguada, las sensaciones dispersadas en la orilla, y ahora solo hay recuerdos, fantasmas de una atormentada.
Tengo la necesidad de dormir bien para que las huellas se borren. El mar, la distancia, el tiempo, el descanso. Mi mente en blanco, aquello es mi paraíso. El largo descanso libera a las sombras.

*

Adaptar a Odiseo con el tiempo de Sina está siendo contraproducente para mi tranquilidad mental. Acostumbrarme a dormir 12 horas es complicado, pero es curioso ya que el día de ayer dormí sin ninguna incomodidad. La capitana dijo que era necesario acostumbrarnos a este proceso si planeábamos quedarnos un tiempo aquí. Bueno, “planeábamos” es un decir, en realidad ellos lo decidieron. Les gustaría tanto saber adónde se fueron todos, pero no hay una pista que nos dé alguna respuesta. A veces pienso que mejor estábamos en Épsilon Eridani, en nuestro propio bucle temporal y separados de todo, anclados en una relatividad que parecía tan descabellada, pero que me permitió encontrar la estabilidad que a gritos suplicaba. Claro, pero eso no puedo decirlo. Ellos desean encontrar a la humanidad, darían cualquier cosa por hallarla; de allí sus intentos casi absurdos de encontrar algo en este planeta fantasma. La verdad, comienzo a hartarme. Hay personas que no aceptan la verdad, la ignoran como a un mendigo que se acerca inevitablemente por la acera; se esfuerzan ciegamente en la mentira porque les da una meta más alta, más etérea. En este caso, el mendigo es la verdad; la mentira es creer que hay más personas habitando la enorme vereda en la que nos encontramos. ¿En qué momento nos convertimos en los humanos del s. XX? El que tenga raciocinio, entienda.
Después de la pesadilla me inyecté un suero para cumplir las siete horas restantes, de esos que adormecen los movimientos neuronales y solo hay relajación absoluta.
Con la cabeza fría surgen algunas ideas. ¿Por qué volvió a aparecer ese rostro? Si es una pesadilla producto de mi aclimatación al nuevo modelo temporal de Odiseo, ¿por qué el mismo rostro? La sensación de terror vívido es lo que me mantiene pensativa. Según algunos estudios del neodecontruccionalismo de la hipnosis contemporánea, un sueño es la sumersión en el inconsciente por parte del consciente donde la realidad es deconstruida en situaciones que toman un halo de cotidianeidad, aquello hace que un sueño provoqué un miedo tan real que incluso puede afectar al sistema corporal. El consciente asume todo lo “vivido” en el sueño con una verosimilitud que rara vez se cuestiona lo experimentado —como en la madrugada—, pero, ¿hasta qué punto un sueño puede desencadenar un horror tan real? Recuerdo las semanas antes de ingresar a la universidad, y mi esperanza era también mi mayor tormento. El camino terminaba en todo o nada. En ese momento, no ingresar era el fin; hubiera pasado directamente al Protocolo Nido Fantasma¹, y una vez dentro, nada más hubiera importado. Las pesadillas llegaban con cada noche tras noche, sacudiendo cada madrugada con intensidad paranormal por todo lo que se decía sobre el Nido Fantasma. En ese ejemplo existía un miedo consecuente, el miedo de no ingresar a la universidad vestido de un némesis grisáceo que amenazaba mi tranquilidad. Para que haya un horror onírico, debe existir un miedo en la realidad para que el consciente lo procese en el inconsciente. Aquello sería la consecuencia normal, pero la pesadilla de estos días, ¿a qué se debe? Un rostro vacío de expresiones, como una estatua de mármol, sobre la nada. No he visto nada parecido a ese rostro no solo en este planeta, sino en toda mi vida. En mi historial psiquiátrico no hay nada parecido a eso y tampoco creo que sea la metáfora de un miedo reprimido de la infancia; es como si alguien hubiera arrojado arbitrariamente esa imagen en mi cabeza. Lo peor es que ese rostro inexpresivo no es el causante de mi pánico, lo es el ambiente que destila su imagen, como si emanara un gas que convierte todo en algo tétrico, que podría atraparme en cualquier momento, y sentirme una presa acorralada en mi propia inmovilidad ante un depredador que me haría suya con un simple movimiento. Perder mi voluntad, mi insignificante albedrío en una situación límite, es eso es lo que me horrorizó, lo que aún me hace temblar de solo recordar.
Me inyectaré el suero de 12 horas completas. No quiero tener otra pesadilla como esa.

*

El piloto ha desaparecido.
La capitana me lo dijo camino a la sala de mando.
—No encuentro a Mihole por ningún lado.
Estaba nerviosa, al borde de la desesperación. Respiraba de una forma inquietante que me irritaba de solo verla.
—Tranquila capitana, ya sabe como es él. Lo más seguro es que volvió a perderse por algún lugar de la nave.
Ella no se tranquilizó. Observaba a todos lados y luego volvió a la cámara central. A veces pienso que yo debería ser la capitana de esta misión. Los dos están desorientados en sus propios asuntos, sin la lucidez correcta para hacer algo. Podría dar un golpe de mando, encerrarlos en sus cámaras o en las cápsulas de criogenización y dirigir esta misión. Hacer algo que yo quiera y que todos estén obligados a seguirme a donde yo quisiera. Ser egoísta sin que me importe lo que digan o piensen los demás, hacer lo que quiera y reír al final del día. No niego que la idea pasa por mi cabeza, pero solo es transitoria. Siendo sincera, tampoco podría hacerlo, no por un código tonto de moralidad que me lo impida sino porque, la verdad, no sabría cómo guiar a alguien más. Al principio, el deseo egoísta dominaría por completo, pero luego se difuminaría; por eso, solo es una idea transitoria, con límites de tiempo tan cortos e igual de intensos como un orgasmo. Después de la excitación viene la relajación, y luego, vuelvo a ser la misma Carla, vestida de enfermera, la buena chica, la que se preocupa por todos y ayuda a que todo esté bien. Puedo hacer mi mayor esfuerzo en la sanación de alguien porque es mi trabajo, es para lo que estudié y me preparé, pero, lo que pase después con esa persona, la verdad, no me importa. A veces me pregunto si realmente me importan la capitana y el piloto, y si esta sensación de familiaridad que comencé a tener por ellos no es solo una necesidad de supervivencia. La adaptación busca varios caminos, así como la resignación y el cariño. Esta es la verdadera Carla, así de fría y cruel.
“Hacer algo que yo quiera y que todos estén obligados a seguirme a dónde yo quisiera. Ser egoísta sin que me importe lo que digan o piensen los demás, hacer lo que quiera y reír al final del día”. Demonios, soy el Joker.
Maldito Mihole.

*

Ha escapado. Falta una de las naves de exploración. Entramos a la computadora de Odiseo y le pedimos la grabación de la zona del hangar. En unos segundos las imágenes invadieron la pantalla. Según la hora de la grabación, eran las 09:34 (hora de Sina), aún estábamos durmiendo, pero en la grabación se veía al piloto aparecer con dirección a los trajes de terraformación y ponérselos con una rapidez casi violenta para subir a la nave de exploración e iniciar el proceso para salir de Odiseo.
Después, tratamos de comunicarnos con él mediante el comunicador. No responde. El GPS de la nave de exploración también estaba desconectado.
—Mihole puede estar en cualquier lugar del planeta —le dije a la capitana.
Ella había abandonado su nerviosismo. Su mentón se mantenía presionado y todo su cuerpo ya no temblaba. Estaba seria, incólume, como un muro; podría abofetearla y creo que no sentiría mi golpe. Volvía a ella el semblante señorial.
—Mihole ha decido irse por alguna razón y no quiere ser encontrado — dijo la capitana.
A mí, aquello me parece un comportamiento infantil producto de la inmadurez. Huir, como si aquello fuera la solución de todo. Y ayer parecía una persona consecuente. Lo curioso es que ese comportamiento del piloto le generó a la capitana un extraño cambio. Ya no era la persona de hace una hora, en este momento se ve como la única que podría hacer algo en la nueva situación en la que nos encontramos.
—Mihole ha decidido salir y nosotras vamos a respetar su decisión. Si decide regresar será su elección. Nosotras podemos encontrar algo en este maldito planeta, y si no, haremos lo que sea para encontrar los códigos de Mihole y poder irnos de aquí. Ahora, acompáñame a la sala de mando un momento y luego descansaremos, que mañana será un día largo para las dos —dijo la capitana.
Debo admitirlo; me emocionó escucharla. El tono de su voz. ¿Por qué no traía una chipcam en ese momento? Pero tiene razón, nosotras podemos con esta situación, somos personas igual de capaces que él.
La admiración que le tenía los primeros días en Épsilon Eridani volvió; menos mal, no quería salir a buscarlo.

*

Ya va hacer hora de dormir y no hay señales del piloto. Pasará la noche fuera de Odiseo. Conversamos mucho con la capitana en la sala de mando sobre lo que vamos a hacer si no vuelve Mihole. Entre las dos comenzamos a tratar de descifrar el mensaje en las ondas de radio, pero creo que es una pérdida de tiempo; es imposible poder extraer algo de unas ondas que viajaron años luz en el espacio. Quizás no dicen nada coherente. Mariana ordenó que mañana hagamos otra cosa.
Me inyectaré el suero. Hoy quisiera dormir como una piedra: inerte y sin pensamientos.
(1). Es un proyecto impuesto por la Primera Orden (países que sobrevivieron a las revoluciones después de la noticia) en el que, para acabar con la inactividad de la mayoría de los jóvenes, se instauró el proyecto que dictaba que si un ciudadano no ingresaba a la universidad hasta los 20 años pasaba a ser catalogado como un gris (por las vestimentas usadas) e ingresaba directamente al COLPO (Campos de organización laboral del primer orden).